Los centros de datos para IA ya no solo preocupan por su consumo, un nuevo estudio apunta a que también calientan barrios enteros

Los centros de datos para IA ya no solo preocupan por su consumo, un nuevo estudio apunta a que también calientan barrios enteros

por Manuel Naranjo

La expansión de la inteligencia artificial ha disparado la conversación sobre consumo eléctrico, disponibilidad de agua y presión sobre la red, pero ahora empieza a abrirse otro frente. Un nuevo trabajo académico de la Universidad de Cambridge plantea que los grandes centros de datos, y especialmente los ligados al boom de la IA, pueden estar generando un efecto térmico local medible varios kilómetros más allá de sus límites físicos.

Según ese análisis, la temperatura superficial del terreno en las zonas cercanas a estas instalaciones puede elevarse entre 0,3 y 9,1 grados centígrados una vez entran en funcionamiento, con un incremento medio de entre 1,5 y 2,4 grados.

La idea no es menor, porque cambia el foco del debate. Hasta ahora, el gran problema público de estos complejos estaba asociado sobre todo a la electricidad que demandan o a la infraestructura que obligan a desplegar a su alrededor. Este estudio, todavía sin revisión por pares, sugiere además que su huella térmica puede parecerse en parte a la de las islas de calor urbanas.

Un efecto que va más allá de la valla del recinto

Lo que sostiene el trabajo es que el calor asociado a estos complejos no se queda dentro del perímetro del centro de datos. Los autores hablan de un “data heat island effect”, una especie de isla térmica vinculada a este tipo de infraestructura, y calculan que un aumento medio mensual de 1 grado centígrado en la temperatura superficial puede medirse hasta unos 4,5 kilómetros de un centro de datos típico de IA. La comparación con el efecto urbano tradicional no es casual, porque la escala de algunas de estas instalaciones ya las coloca como actores físicos relevantes dentro del territorio, no solo como nodos digitales invisibles para quien vive alrededor.

Ese matiz importa mucho. Durante años se ha hablado del centro de datos como una infraestructura crítica pero silenciosa, casi abstracta para el ciudadano común. Sin embargo, a medida que estos campus crecen en superficie, consumo y potencia instalada, empiezan a comportarse también como elementos que alteran el entorno de forma visible. Si el estudio termina consolidándose con más validación científica, el impacto ambiental de la IA ya no se leerá solo en megavatios, emisiones o necesidades hídricas, sino también en cómo transforma microclimas y condiciones locales.

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La carrera por la IA lo agrava todo

El trabajo parte de un contexto que ya era preocupante por sí solo. La capacidad global de centros de datos está creciendo con rapidez y el sector se encamina a convertirse en una de las industrias más intensivas en energía de la próxima década. En paralelo, la inversión de los hyperscalers en infraestructura se ha disparado en respuesta a la demanda de IA, y distintos análisis prevén que el uso de electricidad de estos grandes complejos más que se duplique de aquí a 2030.  

La lectura del estudio, eso sí, no está cerrada. El propio artículo recoge reservas importantes de expertos del sector. Vlad Galabov, director sénior de investigación en Omdia, advierte que se trata de un análisis inicial que aún no ha sido replicado ni validado mediante revisión por pares, y además subraya que el trabajo se centra en la temperatura superficial del terreno, no en la temperatura del aire a la altura que experimentan las personas.

Esa cautela es razonable y seguramente marcará la discusión en los próximos meses. Pero incluso con esa prevención, el estudio introduce una alerta importante: los centros de datos ya no pueden analizarse solo como cajas eficientes desde el punto de vista energético, sino como infraestructuras territoriales con consecuencias físicas acumulativas. El simple hecho de que el debate haya pasado de la factura eléctrica al entorno térmico local ya da una pista de hasta qué punto ha cambiado la escala del despliegue.

Los autores del trabajo plantean además una cifra de alcance global especialmente llamativa: hasta 343 millones de personas podrían verse afectadas por este efecto térmico si se considera únicamente la “isla de calor de datos”. No significa que todas sufran el mismo nivel de impacto, pero sí que el fenómeno, de confirmarse, tendría suficiente escala como para entrar de lleno en debates sobre bienestar, salud pública y sistemas energéticos locales.

La conclusión, por tanto, no es que cada centro de datos se haya convertido automáticamente en una amenaza climática local, pero sí que la conversación ya no puede quedarse en la potencia de cálculo o en el coste de desplegar GPUs.

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Redactor del Artículo: Manuel Naranjo

Manuel Naranjo

Ingeniero informático y Técnico Superior en Topografía, que dejó las obras por su pasión: la tecnología. Desde hace ya varios años me dedico a lo que me gusta, con eso lo digo todo. Mi filosofía es el trabajo y la ilusión, no conozco otra forma de conseguir las cosas. El motor (sobre todo la F1) y el basket, mis vicios confesables.

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